El anhelo de un beso

El anhelo de un beso

Yo tendría unos 6 o 7 años, un cumpleaños en mi casa. Me acuerdo que tenía puesto un enterito verde muy oscuro. En esa época todas gustábamos de Vartán, hoy uno de mis mejores amigos. En un momento de ese cumple que era en mi casa, pero no recuerdo si era mío, varias corrimos a Vartán para darle un beso. Yo fui la primera que lo alcancé. Y entonces, él estaba en el piso y en ese preciso momento me di cuenta de que esa persecución no tenía sentido: yo no quería besarlo a la fuerza, quería que él quisiera. Ese fue el fin del juego. Tengo pocos recuerdos tan nítidos como ese.

A la luz de lo que se está descubriendo a partir del caso Pelicot y otros casos similares alrededor del mundo, esa pequeña sabiduría que yo adquirí siendo una niña en los años 70 es algo a lo que una proporción inesperada de hombres adultos aún no han llegado. A muchos no les interesa tener contacto carnal con una mujer consciente, deseante, una mujer que los desea. Su fantasía, y en muchos casos su realidad, es usar el cuerpo inerte de una mujer como una muñeca sin voluntad. Y la pregunta es: ¿por qué no usar una muñeca entonces? Siento que algo de lo que excita a esos hombres tiene que ver con vulnerar a las mujeres, ejercer poder sobre ellas.

El caso Pelicot me hizo pensar muy a fondo sobre las fantasía sexuales, el erotismo digital y la pornografía. Creo que la posibilidad de tener tanta satisfacción sexual “disembodied,” que no necesita ningún cuerpo, que objetifica constantemente al otro/otra (casi siempre la otra), nos ha deshumanizado. Parece que abusar sexualmente de una mujer borracha o anestesiada con barbitúricos está de moda. Recomiendo el documental de STRG-F para ponerse al día.

Nunca me drogaron, nunca nadie llegó a abusar sexualmente de mí, aunque lo intentaron violentamente. Y ahora, después de los 50, ya no soy una víctima fácil, las más populares. Pero anoche, el chofer de Uber que me llevó al aeropuerto (estoy volando hacia Colombia) me contó la historia de su viaje anterior que me dejó tensa, dolida, sintiéndome impotente, pero llamada a actuar de alguna forma.
Tengo detalles que ayudarían a identificar a las personas involucradas, pero eso es potestad de la víctima y no los daré para proteger su privacidad.

El chofer recibió una llamada de una chica en una casa cerca del mar en Montevideo. Cuando llegó, la chica estaba detrás de una reja y el dueño de casa no la dejaba salir. El chofer llamó a la policía, pero finalmente la chica no quiso hacer la denuncia. En el viaje a su casa, ella le contó la historia de lo que había pasado. Le dijo que había ido a una fiesta en casa de su jefe, era una fiesta familiar. Pero al final, ella se fue quedando. Y luego, el hombre quería algo que ella no, y no la dejaba irse.

El chofer, muy amable, me hizo dos comentarios que me quedaron grabados:

  1. ¿Por qué la chica se puso en esa situación?
  2. Hoy día las chicas (dijo “las nenas”) son las que te invitan.

Pensé en los policías que vieron lo que estaba pasando y no hicieron nada, porque la chica (¿por miedo a perder su trabajo?) no quiso denunciar. Pienso ahora también en las otras personas que seguramente han sufrido en el pasado el acoso de esta misma persona, cuya posición en la industria del entretenimiento le da acceso a encontrarse con mujeres jóvenes y atractivas que buscan una oportunidad.

Soy muy ignorante en estos asuntos; no participo de ninguna organización feminista. Pero amigas más sabias me dijeron que si quiero hacer algo, lo que tendría que hacer es hablar con esa chica y, como no tengo manera de encontrarla sin exponerla, escribo esto para instarla a ella y a todas las demás a que denuncien. Quiero decirles que no están solas, que busquen apoyo, que cuenten, que no se callen.

La decisión de Madame Pelicot de no esconderse para así tampoco esconder a los violadores (¡más de 70!) debe inspirarnos. Estoy entendiendo como nunca la necesidad de mostrarnos fuertes y unidas. Tenemos que cambiarlo todo para que estas cosas dejen de pasar. Entiendo a las que callan porque están en una situación vulnerable, pero es el tiempo de hablar. Algo ha ido muy mal con los medios y la tecnología, parece que han potenciado lo peor del ser humano, sobre todo lo peor del hombre.
Hay que reconstruir el deseo desde cero, la necesidad de posesión, la objetificación y la violencia de la pornografía. No podemos consumir tan inocentemente lo que nos deshumaniza. Es momento de estar alerta, de cuestionar todo lo que nos impone la tecnología y la disociación del mundo virtual. Es insostenible este progreso, progresamos hacia un agujero negro. Tenemos que reconectar al sexo con el cuerpo presente, consciente y deseante, y desconectarlo de la violencia.

Mi generación está perdida, pero soy optimista. Creo que podremos criar hombres y mujeres mejores, hombres y mujeres que entendieran lo hermoso que es que alguien realmente te mire con deseo, y te quiera besar de verdad.


En el avión a Bogotá, Febrero de 2026

Imágenes: 1. Yo niña 2. Foto la página de mi diario donde escribí este texto

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