Queremos tanto a Luis – Spinetta por Elbio Rodríguez Barilari

Desde ese día en que todos nos enteramos que el cuerpo de Luis Alberto Spinetta dio su último suspiro, personalmente pasé por varios estados. Desée poder esconderme en alguna parte mientras pasaba todo el desfile de tristeza publicitada y mercantilización de la muerte, recordé los pocos pero inolvidables momentos que compartí con él, y los incontables que compartí con su música, con su intensa luz.

Tuve que dejar de escucharlo unos días también. No quería que se pusiera más de moda en mi propia casa que lo que siempre había estado, que ya era bastante, por lo que había pasado. Había un dolor que no se iba a calmar hasta que los diarios y las revistas y el Facebook encontraran otro tema de conversación.

Justo cuando ya estaba pensando que ya era momento de escribir algo sobre él aquí en mi blog, sobre su obra, su luz, su humildad, la sabiduría que nos ha transmitido a varias generaciones, o no sé qué, hablar quizás sobre esas cosas que se sienten pero no se pueden definir muy bien, entonces, leí el artículo de mi queridísimo y admirado amigo Elbio Rodríguez Barilari que reproduzco aquí debajo, y me di cuenta que él había hecho sólo lo que los grandes escritores pueden hacer, había dicho todo lo que yo hubiera querido decir pero con un conocimiento y elocuencia de las que hubiera sido incapaz.

Gracias Elbio por estas palabras que deben ser las únicas que Luis realmente hubiera apreciado de todos los ríos de tinta que corrieron desde ese día gris hasta ahora.

Me tomé la libertad de agregar algunos videos de dos de mis discos favoritos, el Obras en Vivo grabado por el maestro Guido Nisenson y el Artaud de Pescado Rabioso.

EL FLACO FUE EL MÁS NUESTRO por ELBIO RODRÍGUEZ BARILARI (reproducido con permiso del autor)

Spinetta fue el más nuestro de los rockeros argentinos. Que no se entienda mal, por favor. No me refiero a la nacionalidad, ni les quiero sacar al Flaco, como ellos nos hacen con Gardel.

Spinetta fue un tipo de músico de un carácter que la música argentina casi no tiene. Ellos, históricamente, han pululado en gente como Charly y como Fito, Cerati o Calamaro. Gente que se mete dentro de un estilo del rock o del pop, lo copian lo mejor que pueden, y se suben en las sucesivas ondas que vengan, con más o menos suerte.

Buenos Aires tiene tango, como nosotros. Pero sufre la ausencia de folclores urbanos, como el candombe y la murga. Y encima los rockeros argentinos le han tenido miedo a la milonga.

Así que no hay equivalentes a Dino, que se puso a trabajar con fusiones de milonga y rock apenas pudo. No tuvieron un Rada, un Mateo, un Urbano Moraes, trabajando con fusiones de candombe, rock, y encima música brasileña.

En 1972, cuando cruzamos el río para ir al Festival de rock de Buenos Aires, muchos que hoy lo admiran, se reían del candombe rock. La barra esa, Moro, Mono, Cubero, Pajarito (el argentino, no el yorugua), oían a Tótem y te decían, muy sueltos de cuerpo:

-Séeeee, es como los morenos tocando las congas por la calle…

Así decían, Congas.

Demasiado prendidos del rock, los porteños no dejaron que las letras crecieran. Las letras del rock argentino son mayormente horrendas e inmaduras, como las del rock uruguayo en estado puro.

Un letrista que pintaba para más, como Tanguito, se murió enseguida. Otros grandes autores de canciones, como el mitológico Vasco y Pedro Conde, nunca salieron del underground.

Las letras de la música montevideana crecieron, se nutrieron, en la mezcla, en la zona turbia del rock con el candombe, la murga, la milonga y la música de Brasil.

Litto Nebbia, un precursor, puede ser lo más cercano a Dino. Pero Litto no descubrió que podía recurrir al folclore hasta bastante más tarde, en las épocas del grupo Huinca.

Los argentinos no han tenido un Darnauchans. Lo más cercano sería León Gieco, gran respeto a Gieco. Porque Baglietto, que me perdone, pero no, él es como más un cantante pop a la española.

Figuras como Fernando Cabrera, Jaime Roos, Mauricio Ubal, Schellemberg, Drexler, no tienen equivalentes en la música argentina.

Pero el Flaco Spinetta fue mucho más como ellos. O sea, mucho más “brasileño”, como son los nuestros. Más como Caetano Veloso, como Gilberto Gil, como Chico Buarque, esos ejemplos del otro lado, que tan benéfica influencia han tenido en la música uruguaya.

Si uno compara a Os Mutantes brasileños, o a El Kynto uruguayo, con los grupos argentinos de la misma época, hay años luz de diferencia. Mientras brasileños y uruguayos generaban la Bat Macumba o Dedos, mis amigos queridos del grupo Manal trataban de copiar blues, nota por nota y hasta con la voz ronca. Ojo, adoro a Manal. Pero como una parte de mi corazón, no por su legado histórico… ¡Jugo de tomaaate frío, en las venas… en las venas deberías teneeeeer!

En cambio Almendra era otra cosa. En Almendra había otros talentosos, no sólo el Flaco. El guitarrista Edelmiro Molinari tocaba rock fenómeno y podía hasta tocar jazz a muy buen nivel. Emilio del Guercio, con quien hicimos giras en Argentina en los 80`s, buen bajista, buen compositor, buen cantante, y un Gran tipo.

Almendra era una típica banda de clase media, que salió del barrio de Belgrano, cerquita de la casa de mi abuelo Barilari. Por eso que con Adrián Barilari somos primos segundos.

Almendra solamente duró de 1967 a 1970, pero la huella que ha dejado es desmesurada. No solamente por Muchacha ojos de papel. Piensen en cosas como Laura va, o como Figuración. Ahora comparen eso con La Balsa y el resto del rock porteño de la época, y se entiende el por qué.

La Balsa, de Tanguito y Litto nebbia, que se considera la canción fundacional del rock argentino en español, fue compuesta en 1967.

Mucha ojos de papel fue compuesta en 1969, dos años después, pero se escucha como si hubieran pasado toda una década.

Muchacha ojos de papel es una canción que tiende a la madurez. Se abre a una experiencia amorosa de una manera totalmente diferente a la típica letra tontuela del rock porteño. Y lo hace con una poesía simple pero de imágenes muy atractivas.

Además, es una canción transgresora. En esa época Nadie, pero Nadie, ponía la palabra “pechos” en una letra de canción. Y menos “pechos de miel”. Y nadie de esa corta edad confesaba que estaba invitando a la novia a pasar la noche juntos, hasta que por la ventana suba el sol.

La guitarra de Molinari en todo ese disco es mucho más sutil y avanzada que lo que sus colegas harían en toda la década siguiente, tratando de copiar a éste o a aquél, desde The Police hasta los Pretenders.

En ese disco hay invitados de lujo, Rodolfo Alchurron, tremendo violero de jazz, y nada menos que Juan José Mosalini, bandoneonista de Pugliese y hoy en día uno de los mejores del mundo.

Y hay que ver las cosas que Spinetta hizo después. No se conformó con Almendra y armó Pescado Rabioso, con un tipo de música mucho más difícil y desafiante.

Cada nueva apuesta fue como un golpe de timón buscando algo, algo nuevo para decir o una manera nueva de decirlo. Lo que me interesa menos es Jade, pero igual, Jade tiene cosas de un refinamiento brutal, nada que ver con la cosa pop, cheta y superficial que predominaba en la época.

Por el hambre de cambio, de fusión, de experimentación y por su trabajo obsesivo con las letras es que Spinetta es una figura rara, única, aislada en el rock porteño. Por eso lo siento más relacionado al autor de canciones e intérprete individual a la uruguaya o a la brasilera. El Flaco es más como Cabrera, o como Caetano, claramente, que como Charly.

Ahora que se murió han aparecido cardúmenes, manadas de “amigos”, entre comillas de Spinetta. Yo no me voy a anotar en ésa. Lo conocí gracias a Ruben Castillo, que me mandó a entrevistarlo. Lo seguí viendo, esporádicamente, a lo largo de los años. Estuve en su casa un par de veces, lo vi escabulléndose de los fans más cholulos.

Lo vi sentado en un sofá desvencijado con una guitarra acústica trabajando frenéticamente en una canción, mientras a su alrededor la gente fiesteaba.

Que yo sepa sus amigos, reales amigos, uruguayos han sido gente que ya se nos fue como el propio Castillo, el Corto Buscaglia, y entre los sobrevivientes, el escritor y hombre de radio Macunaíma.

En el trato que me tocó tener me quedé con la imagen de un tipo tímido en el fondo, que sabía vencer esa cortedad, especialmente arriba del escenario. Pero que buscaba dos cosas, por sobre todo: su paz y su propia voz.

El Flaco fue un tipo auténtico y un artista descomunal. Me ha llevado un tiempo poder sentarme a escribir sobre él. Más que nada por el vació que deja adentro de uno.

No tanto por la cosa de la muerte. Lo malo es una mala muerte, morirse después de una vida en la que uno no ha sentido que vivió, que hizo todo lo que pudo. Uno no hace lo que quiere o lo que debe. Uno hace lo que puede. Eso lo tenía claro el Flaco.

Pero él, pudo mucho.

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